“Memoria travesti: escribir donde quisieron borrar”
El 21 de marzo participamos con una performance desde una mirada travesti trans, en el marco de la memoria, la verdad y la justicia.
Como asociación civil Siete Colores Diversidad, presentamos un poemario que nace desde nuestras propias experiencias: la exclusión, la violencia y una historia que muchas veces no nos nombró.
VERDAD
El espejo no siempre devuelve un rostro.
A veces
devuelve una niebla.
Una superficie opaca
donde la imagen se esconde
como si no quisiera existir.
Durante años
Argentina fue ese espejo.
Un vidrio entrenado
para no reflejarnos.
Pasábamos la mano
sobre su frío…
intentando limpiar
lo que creíamos polvo.
Pero no era polvo.
Era historia.
Era el borramiento
escrito en leyes,
en códigos,
en noches de comisaría.
Era la verdad empujada
fuera del reflejo.
La verdad travesti-trans
no fue dicha.
Fue vigilada.
Fue nombrada delito.
Fue expulsada de la imagen.
Y sin embargo
insistimos.
Una y otra vez.
La mano sobre el vidrio.
La respiración empañando la superficie.
El cuerpo acercándose
aunque no apareciera.
Hasta que algo
empezó a moverse.
Primero
una sombra.
Después
un contorno.
Después
un rostro que temblaba
como si recién naciera.
Y en ese instante
la verdad.
No como un grito.
Como una aparición.
La verdad de haber estado siempre.
La verdad de haber sido negadas.
La verdad de seguir existiendo
en una historia que quiso borrarnos.
El espejo también miente
cuando aprende a ocultar.
Pero hay un momento
en que ya no puede sostenerse.
Y entonces
se quiebra.
No de golpe.
En fisuras.
En líneas finas
que atraviesan la imagen
y la multiplican.
Un rostro
se vuelve muchos.
Una vida
se vuelve todas.
Las que caminaron la noche.
Las que sobrevivieron al archivo policial.
Las que no volvieron.
Las que siguen.
Nos miramos
en ese espejo roto
y entendimos:
la verdad no es una sola.
Es fragmento.
Es memoria.
Es lo que queda
cuando el sistema ya no puede ocultar más.
Porque nuestra existencia
también es una verdad.
Una verdad incómoda.
Una verdad que desarma
la imagen prolija del mundo.
Una verdad que insiste
en cada cuerpo
en cada cuerpa
que se nombra
y aparece.
Y aunque el espejo esté roto
aunque sus bordes corten
aunque nunca vuelva a ser uno,
nos seguimos mirando.
Porque ahí
en ese reflejo fragmentado
está lo que somos.
No una versión permitida.
No una imagen corregida.
Nuestra verdad.
La que quisieron borrar.
La que no pudieron.
Y la que ahora
ya no se puede esconder
JUSTICIA
Nací en un mundo que ya tenía reglas.
Reglas que no me nombraban, que no me veían, que ya habían decidido que yo no debía existir.
Desde niña entendí, sin que nadie me explicara, que había lugares donde no podía estar, formas en las que no podía ser, vidas que no estaban hechas para mí.
La ley no gritaba mi nombre.
Lo evitaba.
En la escuela, en la calle, en la casa, siempre había algo que sobraba: yo.
Y entonces aprendí que la injusticia no empieza en un tribunal. Empieza mucho antes. Empieza en la mirada que corrige, en la palabra que duele, en el silencio que expulsa.
Empieza cuando sos niña y el mundo ya te está diciendo que estás mal.
Las leyes vinieron después. Para confirmar. Para ordenar. Para castigar.
Escribieron artículos, códigos, normas que hablaban de moral, de escándalo, de lo permitido.
Y en ninguna línea estábamos nosotras.
O peor: cuando no aparecemos, era como error, como delito, como algo a corregir.
Por eso este libro no nace en el centro. Nace en el borde, en la esquina, en la noche, en el lugar donde la ley no llega o llega para lastimar.
Este libro se escribe desde el margen. Desde las que no fuimos nombradas, desde las que fuimos expulsadas, desde las que tuvimos que inventarnos una forma de existir.
Porque cuando la ley no te reconoce, la única salida es escribirte.
Y escribir también es una forma de justicia.
Este es ese libro. El que no pidieron. El que no esperaban. El que nace porque ya no vamos a callarnos.
Y al final, no es silencio.
Es el grito de la furia travesti
CUERPO
Este cuerpo no nació del silencio.
Durante años
fue apenas una sombra
guardada detrás de un espejo. Un reflejo que no alcanzaba
a decir su nombre.
Pero una noche
algo empezó a moverse en la piel. Como si dentro del cuerpo
una mariposa insistiera
en abrir las alas.
Entonces nos miramos.
Largo tiempo miramos ese espejo
donde la vida pedía permiso
para existir. Y entendimos algo: que el cuerpo
también puede nacer
más de una vez.
Así comenzó la transformación.
La piel aprendió otros gestos.
La voz buscó su propia música.
La forma empezó
lentamente
a decir la verdad.
Como una mariposa
que rompe con paciencia
la quietud de su encierro.
Este cuerpo
no es error.
Es metamorfosis.
Es la libertad
abriéndose paso
en la carne.
Mientras el mundo escondía sus deseos
y temía a su propia diferencia,
nosotras aprendimos a caminar.
A existir.
A desplegar las alas
de nuestra propia realidad.
Porque cada cuerpo,
cada cuerpa,
guarda una historia.
Y cuando ese cuerpo
se mira en el espejo
ya no busca permiso.
Reconoce su autonomía.
Reconoce su verdad.
Y entonces sucede algo
simple
y extraordinario:
la mariposa finalmente aparece.
Y el cuerpo
se vuelve vuelo.
Vuela.
Vuela para transformar el mundo.
Porque cuando una mariposa abre sus alas
no cambia solo su destino:
también transforma el aire
por donde pasa.
Así comienza la revolución.
La revolución de las mariposas.
Una revolución silenciosa
pero imposible de detener.
Una revolución
que no nace del odio
sino de la valentía
de existir.
Y entonces los cuerpos
las cuerpas
las vidas que antes fueron negadas
empiezan a llenar el mundo
de colores.
Colores que anuncian otro tiempo.
Un tiempo donde vivir no sea esconderse. Un tiempo donde cada cuerpo
pueda mirarse en el espejo
sin miedo.
Porque cuando una mariposa vuela
no huye.
Abre camino.
Y en ese vuelo
el mundo empieza lentamente
a transformarse. Hacia un destino
más lleno de amor
y menos de odio.
Fui mariposa antes de tener alas.
Fui nombre prohibido, cuerpa vigilado, fui detenida por la policía en mitad de la noche.
Fui la que corría, la que se escondía, la que aprendió a respirar bajito para no ser encontrada.
Me encerraron.
En calabozos sin ventanas, en papeles que no decían quién era, en miradas que me querían corregir.
Me dijeron: no existís.
Y sin embargo, yo estaba ahí, con el cuerpo temblando y la memoria empezando a arder.
Porque una mariposa también puede nacer entre rejas.
Aprendí a doblar las alas para sobrevivir.
Aprendí a hacerme silencio cuando todo gritaba violencia.
Pero adentro mío algo no se apagaba.
Algo insistía. Algo decía: vas a volar.
Y volé.
Con miedo, con rabia, con las compañeras que ya no estaban.
Volé con sus nombres pegados al cuerpo, como cicatrices, como fuego.
Porque yo no vuelo sola.
Vuelo con las que no volvieron, con las que quedaron sin nombre, con las que el sistema quiso borrar.
Soy mariposa, sí.
Pero no soy olvido.
Soy memoria viva, soy grito contenido, soy el eco de todas las que fueron encerradas por existir.
Y aunque hoy el cielo se abra, aunque el sol toque mis alas, aunque el mundo finja que cambió, yo no olvido.
Porque hay alas que nacen del dolor, y hay vuelos que son también justicia.
Yo soy esa mariposa.
La que sobrevivió. La que vuela. La que recuerda.
La que no olvida.




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